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La edad no perdona.

24. No, no la serie, sino los años que cumplí el pasado domingo. A eso de las 19h cumplí un año más sobre el mundo. Me siento igual que con 23, la verdad, aunque tampoco esperaba ninguna sensación novedosa que anclara en mi interior. Cumplir años es tan vulgar como morir, por tanto no entiendo tampoco a qué tanta celebración especial. Pero que no lo entienda no significa que la desprecie; me gustan las felicitaciones, los regalos y la tarta con las velas que, de ser apagadas eficazmente por un soplido, son capaces -o al menos eso se les atribuye- de cumplir el más oculto y placentero deseo que se pueda tener y formular en silencio.

Es costumbre hobbit -palabra de Tolkien- que durante el cumpleaños de alguien no sea quien cumple años el que reciba regalos sino el que los entregue al resto de hobbits reunidos para tan significativa fecha. Y como yo soy un friki sin remedio, y mi desinterés sólo es comparable a mi basta humildad, os regalo mi hasta ahora último poema. Si no os gusta podéis cambiarlo por cualquier otro producto siempre que conservéis el recibo.



-Atados-


De nuevo se repiten las escenas vividas el día anterior;
de nuevo las mismas noches rojas
tarareando canciones de idiomas muertos
que aprendí oyéndote al hablar de amor.
Las campanas tocan
el sonido del pasado afilado que aún recuerdo.
Todos los héroes han cabalgado ya idéntico camino
para rescatar a la misma princesa
tan atractiva y peligrosa.
Todos los crímenes urdidos
beben el veneno de labios turquesa
y empujan al corazón roto hacia la sombra.
Cada arista, cada ángulo, cada trazo en el papel
son idénticos a los que conocí ayer.
No queda novedad en lo que ofrece la vida,
no queda vida en mi existencia.
No todas las palabras las he escuchado
pero sé que ninguna del tintero del poeta
responde a las preguntas por desembarcar.
Nada queda en este prado de briznas secas,
nada alberga el pantano de mi quietud responsable y conformista.

¡Hay que saltar!

¡Al abismo de la locura!

¡A la locura anhelante en el fondo del abismo!

¡Salta conmigo!

¡Libérate en la caída!

La rueda gira,
la rueda del tiempo atrapado
repitiendo miradas de pasión fingida
a la vez que tintinean las monedas
sobre la mesilla de madera.
Gira la rueda representando una vez más
en los rostros identicamente maquillados
las muecas que intentan ser sonrisas.
No me engaña ya la fútil pantomima
en la que representabas el papel que te habían asignado;
después de la novena representación
conozco ya todas los giros argumentales,
los juegos de palabras y palabras de doble sentido,
me sé al dedillo cada línea del guión.
Pero quieres continuar con tu espectáculo,
agarrarte a algo cierto aunque sea falso,
al seguro continuismo que da sentido a tu vida.
Agarrarte al sentido. A lo que todos buscan.
A lo único que te importa.

"¿Por qué estamos aquí?"

Qué pretencioso interrogante,

qué típica pregunta carente de inspiración.
Libérate ahora de la atadura de tu léxico,
alarga la mano y cógeme de la lengua áspera
para escribir con ella las cuestiones de verdad,
las que importan sin ser fundamentales.
Estás buscando todavía, a estas alturas del juego,
la lista que detalla las reglas.
La rueda gira impulsada por ellas.
Ayúdame a detenerla con un palo;
ayúdame a buscar uno suficientemente robusto,
uno que pueda junto al preciso punto de apoyo
mover el mundo.
Ayúdame a romper con la circunferencia,
a transformarla en recta
y
por
tanto
en
infinito.
Ayúdame a crear un camino que se adentre en él,
que recorra sus secretos,
que fuerce a existir en una eternidad impredecible,
divertida y sádica.
Ayúdame a romper los rieles y que se venga abajo el telón.
Ayúdame, de nuevo te lo digo, porque necesito tus manos.
Rompamos juntos el escenario de esta obra
cuya gracia se perdió en el albor de nuestra llegada al mundo.
Arranquemos el aplauso del público cuya tiranía nos atrapa,
que aplaudan hasta que les sangren las manos,
que aplaudan la fresca improvisación de nuestras palabras,
de nuestros sentimientos
de nuestros bailes,
de nuestros besos,
de nuestros pedos,
de nuestra noche de éxito.
Que aplaudan hasta sangrar,
sí, que sus ojos no puedan cerrarse

ante la apabullante muestra de libertad
y sigan aplaudiendo.
Que el estruendo de la ovación llegue a oídos de nuestros compañeros
en los restantes teatros de este Hades.
Que sea el cuerno de la batalla e inicie desde ahora
el principio de un poema sin final,
y así los hilos del titiritero saltarán descontrolados
al romperlos en su máxima tensión.

Adiós a la rueda,

adiós a la función.

Adiós a ti, amigo, amiga, que sigues declamando a los espectadores sin rostro.

Yo te quise junto a mí en este nuevo inicio,
pero el tiempo de la espera terminó.

Adiós. Adiós. Adiós.

1 Responses to “La edad no perdona.”

  1. # Anonymous Pato con Olivas

    Felices 24. Tal vez no sea especial cumplir años, festejar el aniversario de un nacimiento, o festejar que un día más es, en realidad, un día menos. Cuenta conmigo para crear ese camino, o atascar la rueda del tiempo; yendo más allá, incluso, decirle a Fortuna quién queremos que esté en lo más alto de su rueda. Cuenta con mi compañía para cada día más, o para cada día menos. Da igual, cuenta conmigo...  

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